Roberto

Fernández

Ibáñez

Fotografías y Haiku

El Otro

Tiempo atrás, a partir de una experiencia de carácter introspectivo, surgió la idea de realizar un ensayo fotográfico para representarla de manera simbólica.

Desde 1992 mi modalidad de trabajo está basada en la combinación de imagen y palabra, adoptando por su sencillez y espontaneidad el tipo de poema japonés denominado haiku. En éste, la situación o el estado de ánimo presentes se registran siguiendo una métrica de tres frases de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente, totalizando 17 sílabas fonéticas.

Conjugaba la inmediatez de lo captado mediante el haiku con una imagen fotográfica del acontecimiento. Si éste no se hallaba presente ante mis ojos, dibujaba un esbozo, y con el haiku como fuente generadora de imágenes complementaba dos formas de expresión que resumían mi vivencia.

La serie que entonces titulé El Otro hacía alusión al origen de mi propio proceso creativo, y al estado de serenidad que me acompañaba desde el inicio hasta la finalización de las obras. Como muchas personas, me preguntaba qué hechos condicionaban la ocurrencia de ideas, y qué cosas podrían producir la aparición de la inspiración.

La respuesta – o por lo menos una de las posibles - la tuve una tarde cuando al encontrarme corriendo, con la mente fija en el próximo paso de mi ruta habitual de entrenamiento, comenzaron a surgir uno tras otro una serie de haiku que fui anotando en una pequeña libreta que llevaba anudada al brazo toda vez que salía a correr. Cada haiku se asociaba a una imagen, por lo que también hice un esbozo de las mismas junto a cada texto. Al volver a casa tenía una serie de once haiku con sus respectivos croquis.

Llegué a la conclusión de que en lo que a mí respecta, la cuestión pasa por dejar actuar a los hechos sin tratar de intervenir directamente. Es como si la idea primitiva fuese una piedrita que se arroja a un estanque, y las ondas que se perciben a continuación fuesen aquellas imágenes y palabras ante las que si uno está lo suficientemente alerta, puede captarlas y registrarlas antes de que su movimiento cese. Así, lo que nace como una búsqueda no intencionada (aunque suene paradójico), se manifiesta fluidamente, sin conflictos ni ansiedades frustrantes. Entonces, el Otro se expresa.

No es fácil alcanzar esa “atención sostenida”, sin preocuparse demasiado por la obtención de resultados inmediatos. El Otro tiene sus propios tiempos, y estos no siempre concuerdan con nuestra avidez creadora.

Al igual que cuando sometía a mi cuerpo a estados de máximo esfuerzo físico (en los que la mente no está rumiando su flujo incontrolable de ideas), hallé una similitud muy significativa al dejar pasar los pensamientos mientras me mantenía en una postura estática durante largos períodos. Era como si los dos extremos de la actividad física propiciasen un mismo estado de serenidad, dejando en libertad un potencial que desconocía. Más tarde o más temprano, la inspiración llegaría. Haciendo un juego de palabras, deberíamos hablar de “expiración”, por el estado de alivio y relajación que se produce cuando bajamos la guardia y nos abandonamos a las circunstancias, confiando en ellas.

El Otro no es, pues, otra faceta de mi personalidad, ni un producto de mi deseo. Antes bien, sería lo que late en cada uno de nosotros y que nuestro ritmo de vida muchas veces logra opacar.

Al Otro lo vimos en acción cuando de niños dibujábamos despreocupadamente nuestros primeros garabatos, o cuando de adultos comprendíamos finalmente que no había palabras o técnicas capaces de describir la creatividad que pulsa por salir.

A pesar de todo, el Otro se expresa. Los pinceles, cinceles, material fotográfico, instrumentos musicales o nuestro propio cuerpo, son algunos de los canales a través de los cuales este “Otro” se vincula con quien lo quiere escuchar.

Pero antes debemos acallar nuestro ruido interior, recuperar el Silencio. Si le permitimos aparecer con más frecuencia, si no lo atemorizamos con nuestra lógica limitante, si le dejamos ganar territorio, puede que algún día el Otro llene el espacio que le corresponde y tome el control de nuestros actos.

Estaremos – lo sé – en buenas manos.
 
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