El ser humano se jacta de tener control sobre objetos y situaciones. Toda actividad intelectual y tecnológica apunta en esa dirección, y el Arte no es una excepción a la regla.
El artista también elige el tema a desarrollar, escoge las herramientas y las técnicas, y ordena los elementos que integrarán la obra con un método sistemático o la improvisación. Y aún en esa improvisación hay un material inconsciente que se manifiesta, dando lugar a un resultado teóricamente no vislumbrado de antemano.
En particular, la fotografía es una de estas modalidades de expresión en la que o bien el instante esperado encuentra al que lo aguarda, o bien se construye una representación existente en la imaginación.
Aunque uno dispare la cámara al azar, lo registrado por la película responde a una actitud premeditada.
Pero hay una instancia en la cual lo que se registra no es un producto de la voluntad , sino del más trivial, el más ingenuo de los actos fotográficos: el hecho de cargar la cámara con el material sensible.
A partir de allí comienza a actuar la actitud volitiva, pero ¿qu é sucedió antes?
El tramo inicial de la película parcialmente velada, responde y capta el paso de la luz que se filtra subrepticiamente, como una invitada a la que me había olvidado de convocar...
Ese simple hecho no deja de impactarme y de recordarme que siempre soy un protagonista secundario: antes del comienzo, fue la luz . Y también la oscuridad. No importa quién nació de quién, o si coexistieron desde el inicio de los tiempos.
Prefiero esta última opción, por lo paradójica y absurda que resulta. Y es entonces que mi postura filosófica puede verse reflejada en estas obras.
No puedo llamarme fotógrafo si no reconozco que existe algo que es condición necesaria para mi posterior desempeño como artista. En este momento de mi vida detengo mi ego para que luz y sombra tomen las riendas, para que mi única intervención sea (premeditadamente, lo sé), la no-intervención .
Así nacieron estas criaturas de tonos puros, en los que sólo me detuve para imprimirlos en papel fotográfico y cuidar su permanencia con los materiales adecuados.
Su estética ya escapó de mi consideración, pero su mensaje se repite cada vez que tomo un rollo de película, ese delicado y precioso material sensible a la luz y a mi tacto, una sustancia en vías de extinguirse bajo el paso avasallante de la digitalización.
O quizás, no…
Como una práctica ritual, yo seguiré guardando e imprimiendo esos centímetros de película que preceden a mis actos fotográficos y a mi arrogancia de artista.
Y dejaré que la luz, la oscuridad y un material sensible me sigan indicando el camino.